Ojalá pudiera recordar con precisión la edad que tenía
cuando tuve mi primer pensamiento, e intento pensar; pero nada viene a la
mente; es triste; deberíamos ser como los elefantes que recuerdan desde que
están en el vientre, o tal vez en mi caso, es preferible no recordar.
Lo que si recuerdo y que tengo bien marcado es ese día
en el que mi madre partió: tomó su rumbo sin importar lo que me deparaba. Yo
tenía cuatro años y vivíamos en una hacienda, llena de jardines, con un balcón
que daba al interior de la casa, con numerosas habitaciones, una de esas la
llamo la habitación del silencio, del miedo, de la impotencia. Por
momentos se me viene a la mente una pila de maíz en el centro de
la casa en donde siempre había alguna vecina gorda con brazos fuertes, espalda
ancha y cabizbaja que solía golpear el maíz como única forma de desahogarse por
tener un hogar en donde su marido era el que maltrataba, también se me vienen
recuerdos nítidos de un árbol de
tomate-de-árbol (así se llama Colombia) en donde encontraron una boa que media
varios metros, de ancha más gruesa que el propio árbol y que había matado a
varias personas, y una tienda en la que solía robar gomitas, dulces, y galletas
entrando a hurtadillas en las noches para luego esconderlas en el bunker de los
dulces debajo del colchón de mi cama

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